Metiendo al nagüal en el infierno

dic 26, 2011 Comentarios desactivados en Metiendo al nagüal en el infierno by
( Un intento de  adaptación al lenguaje del Sinaloense, de un cuento clásico de la literatura erótica: el Decamerón de Giovanni Bocaccio; si alguien al leerlo, esboza una sonrisa, misión cumplida, pues lo consideraré, como algo digno de tenerlo en escritura…)

 

Hay muchos modos de salvar el alma, y si alguien desea ser un miembro de la cofradía del cielo, debería de considerar que uno de ellos, es el de  meter al nagüal en el infierno.

Resulta, que en los altos de Sinaloa, justamente al norte de Guasave, vivía una hermosa aunque despistada muchacha, de nombre Teofila, hija socoyota de Don Rutilo, el ranchero rico del lugar.

Tenía espíritu místico y le inquietaba la mejor forma de servir  al Supremo Creador; preguntó, averiguó y llegó a la resolución de que si debía  servir al Señor, lo primero era renunciar a las vanidades y a los placeres del mundo y retirarse a vivir en escuetos lugares, como los religiosos que vivían en chinames, en los altos de la serranía…

La hora del alba sería, cuando la plebe zurimba, sin darle cuenta a nadie, se ajiló rumbo a los solitarios lugares a encontrarse con tan altísima vocación espiritual; a los pocos días, columbró un chiname, en cuya puerta meditaba un piadoso varón, flaco de cara, enjuto de carnes, o sea,  muy cholenque de lo físico, pero de mirada vivaz, y a quien no pasó desapercibida la belleza de la muchacha y maravillado al verla, le preguntó que en que arengas andaba

 

Vengo – le dijo – iluminada de inspiración divina,  buscando alguien,  que me enseñe a servir al Señor y la  vereda que me conduzca al cielo.

Aquel piadoso solitario, alabó su propósito pero en viéndola tan joven, sensual y amable, desconfió de la firmeza de su voluntad, así que le dijo:

 

Hija mía, hay un santo y castísimo varón mas adelante que podrá instruirte mejor que yo; ve, pues, con él.

 

Le dio de comer algo de lo que tenia en su zarzo, puros bocados rústicos, entre ellos, roscas de guamúchiles, maduras agüamas, nanchis recién cortadas, pitahayas cual rojo rubí, camotes silvestres, sació su sed con varios jumatazos de agua fresca  proveniente de un venero, hecho lo cual, le indico el camino  para llegar con el monje solitario.

Después de pasar un chivirital, llego a un chiname en donde halló a un joven ermitaño, llamado Agapito, que era la piedad hecha persona y que al ver a aquella joven desbalagada, también le pregunto que en que arengas andaba; la joven le refirió sobre su pía misión, y como el santo, casto y célibe Agapito, no desconfiaba de su virtud, juzgó que no debía dejarla marchar.

Cuando llegó la noche, en un rincón de su jacal le preparó un tendido de ramas de batamote y guayabo, para que pudiera descansar.

Mas, como la juventud es braza que no necesita soplarle para encender, pronto las arrebatadoras punzadas de la carne, se hicieron sentir en Agapito; el angustiado ermitaño, para ahuyentar la tentación, hizo cuantas señales y signos religiosos a su memoria vinieron, de las que no se acordó, las dio por hechas, se hincó, oró, suplicó, rogó, recitó, eso si, todo con profundo fervor y ni así pudo, con el aguijón de la carne… la juventud y la belleza de Teófila lo trastornaron, lo hechizaron, cautivándolo en su deseo.

 

Entonces se dijo:

 

–         ¿Cómo me la conchavo, sin que esta angelical criatura pierda la buena idea que tiene de su virtud y de sus ejemplares propósitos de servir al Altísimo…?

Como Teofila era la inocencia andando, pensó que podía satisfacer sus deseos carnales  abrigándolos con el rebozo de la devoción; y platicando con ella, le aseguro que el nagüal es el peor enemigo de la salvación de los humanos y que la tarea más meritoria que podían hacer como religiosos, era refundirlo en el infierno, lugar al cual el Señor, lo había hacía mucho tiempo, condenado.

Curiosa la joven le pregunto:

– ¿Y como se hace eso?

– Ahora mismo lo sabrás  – le dijo el santo Agapito- no tendrás que hacer para saberlo, mas que lo que me veas hacer a mí.

 

El monje se desvistió y la inocente criatura, muy devotamente, lo arremedó; luego, Agapito se puso de rodillas delante de ella, en actitud de adorarla y  ella con pía actitud lo imitó. Agapito, al verla tan cerca, tan hermosa, tan mujer,  como de rayo, consiguió lo que por muchos años y con mucho mas esfuerzo, había logrado mantener bocabajeado: la resurrección de la carne…

Al ver aquello, Teofila, toda asombrada, le dijo:

 

-¿Santo varón, que es eso que tienes ahí, que avanza, se mueve y se levanta como cachorón y que yo no tengo?

 

-¡OH ¡ dulce niña, es el nagüal del que te he hablado; mira como se levanta, como se agita, como palpita, como me quema; apenas soporto el mal que me hace …

 

– Alabado sea el altísimo – dijo Teofila – que yo no tengo tal nagüal.

– Verdad es – dijo Agapito – pero tienes algo que yo no

tengo …

– ¿Que es?, preguntó Teofila …

– Tu tienes el infierno – le dijo Agapito – y si el señor te envió aquí para ganar el cielo, harás una obra de mucho mérito, si dejas que meta mi nagüal en tu infierno…

– Si así gano el cielo, puedes ayucar  tu nagüal en mi infierno, cuando tú lo quieras, padre mío.

–         ¡Que el altísimo te bendiga, le dijo Agapito!

 

El monje, con respeto, miró al cielo, como diciendo, con tu celestial permiso, Gran Señor y viendo a Teofila desnuda, a manera de justificación, elevó un pensamiento:

 

¿ Señor, dime de un mortal, nomás uno, que ante tal suculencia, se conserve, en continencia?

 

Y de manera muy solícita pero eso si, muy fervorosa, le enseño que postura debía de tomar para poder condenar a aquel alzado nagüal; La joven Teófila, que por serlo, nunca había  ayucado  nagüales, en refiriéndose al escozor que sintió por ser la primera vez, dijo:

 

–       Un terrible enemigo del altísimo es este nagüal, pues aun cuando se le refunde en el infierno molesta …

 

– No siempre será así, le dijo con mirada golosa, el monje Agapito.

 

Y dicho lo cual, de manera arrebiatada, metió, antes de levantarse del tendido de ramas de guayabo, seis veces el nagüal en el infierno; el monje agapito, agotado, descansando piel con piel, sobre teófila, se desprende un momento de esta, mira hacia las alturas y exclama:

 

-Bien compruebo, que El Divino Autor, me hizo de barro vil – y echando un vistazo fugaz a su entrepierna, termina diciendo – y quebradizo

 

dicho lo cual se desplomo sobre el cálido cuerpo de Teofila; de modo que por el resto del día, el nagüal de Agapito, todo chorido, lo dejó en santa paz.

Muy devotos y obedientes, luego, luego, continuaron la guerra contra el nagüal y Teofila a esta lucha, le empezó a agarrar gusto y placer.  Concluyó que quienes no se dedicaban  a servir al altísimo, eran unos pazguatos y su primera oración matinal era:

 

– Piadoso Agapito, he venido a servir al señor y no quiero estar sin hacer nada; así que, vamos metiendo el nagüal en el infierno …

Así pues, en tanto que el fervor y devoción por ganar el cielo, aumentaban en Teofila, en Agapito bajaba día con día, máxime que solo se alimentaba con roscas de guamúchiles, por lo cual se vio obligado a recurrir a pretextos, a hacerse la cochi y ante la insistencia de la joven exclamaba:

 

–         ¡Cencia ¡¡ Cencia ¡… No le buigas… Al nagüal solo se le condena, cuando esta muy alzado, cuando levanta con orgullo la cabeza; Además, ya lo hemos castigado lo suficiente, así que yo ahora te ruego, que me dejes en paz.

 

La fervorosa joven, irritada porque el monje Agapito, declinaba ayudarle a ganar el cielo, con la frecuencia que ella estimaba conveniente, decidió dejarlo, se ajiló por la vereda, decidida a encontrar otro piadoso y sobre todo, joven ermitaño, que le ayudara a salvar su alma…

 

Su partida, provocó un gran contento en Agapito, el cual continuó con sus solitarias meditaciones y no fue muy profunda la reflexión que lo hizo concluir, que un solo nagüal, no es suficiente, para calmar el fuego, del infierno de una joven..

                                                                                                                

 QUE DIOS LES DE SALUD Y LOS HAGA MUY FELICES                                                                               

 

 

DonGeorge, Hoy

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